22 de febrero de 2024
Legado del Cas (Psidium Friedrichsthalianum), de Julieta Dobles Yzaguirre

Costa Rica, 1943

A mis hermanas Cecilia, Vera, Gorgina e Ileana, compartiendo aún aquellos cases… y a «Prince»

El cas es cotidiana estrella de entrecasa.

La fruta que se bebe despacio, con fruición,

y se come despacio, con el mohín que el ácido

de su carne imprevista produce en nuestra boca,

hecha agua ante el acoso del aroma

y del mordisco claro, casi beso.

Es el don de los montes,

un legado de selva que se resiste a irse,

un árbol decidido que habita la meseta

y sus patios caseros con su naranjo agrio,

sus helechos, sus chinas renacidas,

su chayotera, selva y espesura,

su limonero de aromática espina.

En casa de mis padres reina un árbol de cas.

De todos los árboles sembrados por la mano paterna

sólo el cas sobrevivió las plagas,

el rencor de la hormiga,

la saña del gusano y del tiempo, feroces.

Y se yergue en el patio su follaje de himno,

su claro tronco por donde el cielo baja

puntual, todas las tardes.

Su copa sigue siendo la escalera secreta

de los niños que, ocultos en su verde

burbuja esplendorosa,

intercambian las sorpresas del mundo.

Prince tuvo algo que ver

con esta sutil sobrevivencia.

Prince era el perro más humano

que alguna vez amé.

En su rostro de pastor policía

su mirada expresaba las mil complicidades

de su alma de perro milagroso.

Después de doce años de caminatas plenas,

juegos, peleas, custodias,

pasiones apremiantes y brevísimas,

aullidos a la luna, retozos en el prado,

persecución a todos los gatos de este mundo,

Prince se nos fue, herido por un boyero torvo.

Pero como nunca quiso alejarse

del barrio luminoso y de la casa,

fue sepultado al pie del cas,

entonces arbolillo de nada todavía.

En el año siguiente,

el árbol se extendió como un deseo

apresurado y generoso.

Sus ramas, fuertes y altas,

cubiertas de miles de hojuelas diminutas y rojas

que al crecer verdecían en el patio luciente,

fueron escala nueva de la tarde.

Y hubo dos cosechas entre cases de aroma

para calmar la sed de todos

en el largo verano sin Prince,

sin sus ladridos, sin su pelaje tan acariciado.

Pero yo estoy segura

que el árbol se estremece si le pasas la mano

por su tronco plenario.

Y en las noches de luna

algo como un temblor de hojas jadeantes

parece recordarnos un aullido lejano

en el patio de todos los recuerdos.